Ayer, sábado 25 de octubre, tuve el privilegio de asistir a uno de esos conciertos que te recuerdan por qué la música no solo se escucha, sino que se siente.
Por: Nohemí Díaz, una maestra de música que aún se sigue sorprendiendo
La Explanada de los Héroes en Monterrey fue el escenario para recibir “Vivaldiahno: Shining Venice”, una producción que reinterpreta el legado de Antonio Vivaldi con un lenguaje moderno, visual y profundamente sensorial.
El evento estaba programado para iniciar a las 8:00 p.m., aunque comenzó un poco después, cerca de las 9:20. Antes, se presentó un grupo local de corridos; como músico, puedo decir que su ejecución instrumental fue buena, pero la comunicación con el público quedó corta. Tenían ideas interesantes, pero no lograron conectar emocionalmente. Aun así, la audiencia los escuchó con respeto, algo que siempre agradezco ver en cualquier espacio musical y entonces, comenzó el verdadero viaje.
Desde el primer acorde de Vivaldianno, comprendí que aquello sería más que un concierto: era una experiencia inmersiva, una historia contada con violines, proyecciones y luces que daban vida a la Venecia barroca de Vivaldi, al genio detrás del mito, al músico que enseñaba en los orfanatos y componía para el alma.
Las imágenes proyectadas acompañaban cada movimiento con un sentido narrativo y poético, mientras los músicos —todos de un nivel técnico admirable— lograban una precisión y una expresividad que pocas veces se escuchan en espacios abiertos.
Como maestra de música, me conmovió la claridad del sonido de las cuerdas: cada vibrato, cada arco respiraba intención. La afinación era impecable, las dinámicas cuidadas, y el fraseo, lleno de vida.
Cuando interpretaron Las Cuatro Estaciones, el público se sumergió en un viaje de texturas y emociones: la primavera se sintió luminosa y esperanzadora; el verano, intenso y casi tormentoso; el otoño, cálido y danzante; y el invierno… esa pieza que siempre me ha estremecido, sonó como un suspiro contenido entre el hielo y la nostalgia.
La explanada estaba completamente llena, incluso la gente de pie parecía no querer perder un solo compás. Fue uno de los mejores trabajos de sonorización que he presenciado en ese espacio: el sonido era nítido y envolvente, como si cada nota estuviera cuidadosamente diseñada para abrazar al público.
Vi rostros emocionados, ojos cerrados, respiraciones acompasadas al ritmo de la música y en ese momento recordé por qué decidí dedicar mi vida a enseñar, a cantar, a hacer música: porque cuando la interpretación es verdadera, trasciende géneros, edades y fronteras.
“Vivaldianno: Shining Venice” fue una noche en la que la música clásica se vistió de modernidad sin perder su esencia. Un espectáculo elegante, conmovedor y profundamente humano.
Salí con el corazón lleno, agradecida, y con una sonrisa que aún hoy me acompaña: la de saber que, mientras existan músicos así, la música seguirá siendo luz.
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