La noche en que el cine de antaño se mezcló con el bolero

La Sonora Santanera y Los Ángeles Negros en concierto.

La noche del viernes 17 de octubre el Showcenter Complex fue una cinta proyectada en el corazón. Una mezcla entre las películas de Mauricio Garcés, el blanco y negro de la Época de Oro y el technicolor del México más romántico y festivo porque sí: hubo música, pero sobre todo hubo memoria, esa que huele a perfume de gardenias y suena a vinilos.





Desde los primeros acordes, La Sonora Santanera apareció con su elegancia intacta. Trajes brillantes, metales imponentes y una energía que nos llevó directo a los cabarets de los años cincuenta, antes de que el cine de ficheras transformara el glamour en comedia. La Sonora Santanera sin duda marcó una época y tejió los hilos emocionales del país entero. Fue como abrir una ventana al México en blanco y negro, ese que aún vibra en la memoria colectiva y que veíamos cada fin de semana en Canal 5: las películas donde el amor dolía, donde la ciudad respiraba drama, risas, humo de cigarro y canciones que nos enseñaron a vivir.


Ahí estaban: “Pena negra”, “El ladrón”, “El orangután”, “Los luchadores”, “Bomboro quiñá quiñá”. Cada tema parecía tener vida propia, una cápsula del tiempo que nos recordaba por qué la música mexicana tiene esa fuerza que no envejece y entonces, como un golpe de nostalgia en el pecho, recordé por qué amo a Café Tacuba, a Eugenia León, a Astrid Hadad y a La Maldita Vecindad porque todos, de alguna manera, nacieron de ese pulso original, del eco de los metales, del bolero, del danzón y de la voz arrabalera que un día encendió los cabarets.


La Sonora Santanera nos recordó que está en el ADN de todo mexicano porque sin duda “Las luces de Nueva York” y “Perfume de gardenias” son himnos que no pasan de moda, y que en la voz del regiomontano Eliazar cobraron una belleza renovada. 

Fernanda, con su poderosa voz, elevó el momento junto a las bailarinas que danzaban con elegancia y ritmos sí que cuando sonó “La boa”, fue imposible no dejarse llevar: los metales rugieron, el público se encendió, y aunque muchos permanecieron en sus asientos, las manos y los celulares bailaban como si fueran parte de una coreografía colectiva.


Entonces, cuando el reloj marcó las 10:30, llegó la otra mitad de la película: Los Ángeles Negros. El público se levantó como si alguien hubiera encendido una vieja rocola del alma. Con sus trajes impecables y su emoción a flor de piel, los chilenos que desde hace 58 años nos hacen llorar bonito y recordar con ternura. 

Llegaron con “Murió la flor”, “Déjenme si estoy llorando”, “Debut y despedida”, “A tu recuerdo”, "Y volveré"… y el tiempo se detuvo mientras la noche se llenaba de un un bolero psicodélico, ese que combina guitarras eléctricas con lágrimas contenidas. Era imposible no pensar en las escenas de Los Luchadores vs. El Médico Asesino, o en los créditos de una película de amor con fondo sepia.




Sus voces recordaban a Germain de la Fuente, el favorito de mi mamá, y por un instante me descubrí viajando a la sala de mi infancia: ella cocinando, la radio encendida, y yo sin entender todavía que esas canciones hablaban de amor, de pérdida y de eternidad. Grabé un par de temas para ella. Era lo mínimo: un regalo al pasado que todavía late.

Esta noche se sintió verdaderamente como una declaración de amor al pasado, a la música que nos enseñó a sentir sin filtros. Un viaje donde la nostalgia se vistió de gala y nos recordó que, aunque el mundo cambie, el alma sigue bailando al ritmo de esos boleros que se niegan a morir.

Una velada donde La Sonora Santanera puso el brillo del México elegante y Los Ángeles Negros pusieron el alma del Chile dolido. Y en medio, todos nosotros, navegando entre recuerdos y nuevas generaciones que escuchaban, quizá por primera vez, lo que significa sentir con todo el cuerpo una canción.





El concierto terminó pasada la medianoche, pero el eco sigue: una mezcla de trompetas, guitarras y nostalgia que se cuela por la piel como un verso de Eugenia León o un show estilo cabaret a lo Astrid Hadad para hacernos entender que el tiempo no se detiene… pero la música sí puede hacerlo y cuando eso pasa, no hay más que cerrar los ojos y dejar que el alma —como dice Café Tacuba— cante otra vez “Eres”, pero en clave de bolero setenetero con guiños de fabulosos metales y el glamour de una época que sigue siendo de oro para quienes amamos la música.












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