Forrest Gander, el poeta ganador de un Pulitzer llega a La Milarca
En el Salón Almagro del Museo La Milarca, la tarde parecía guardar una respiración contenida. Forrest Gander, poeta, traductor, geólogo y ganador del Premio Pulitzer, se sentó frente a nosotros con esa mezcla de temblor y calma que tienen los hombres que han atravesado pérdidas irreparables.
El programa Poesía en La Milarca se transformará en un ritual: escuchar no solo poemas, sino también las grietas de una vida que se rehace con palabras la cual se llevará a cabo el 30 de septiembre a las 8:00 de la noche en este mismo recinto para presentar su recién editado libro: Dos veces vivo por Ediciones Vaso Roto.
Después de una breve presentación del artista en la rueda de prensa que se llevó a cabo el día de hoy, lo miré, y desde mi lugar lancé la primer pregunta.
—Entre la geología y la literatura hay una mirada compartida hacia las capas, los estratos, lo que se esconde bajo la superficie. ¿Cómo se refleja tu formación científica en tu manera de leer el mundo y de escribirlo?
Gander sonrió, como quien regresa a una primera pasión.
—Las montañas de Monterrey me fascinan. Como geólogo, aprendo a verlas no solo por lo que muestran, sino por lo que guardan. Están hechas de estructuras profundas, y para conocerlas de verdad hay que mirar lo microscópico. Esa doble visión —la escala inmensa y la escala mínima— me formó como escritor. En mi poesía, lo macroscópico y lo íntimo se entrelazan, porque el presente contiene siempre al pasado, y lo que emerge hoy es también tiempo geológico.
El silencio de la sala se espesó. Sus palabras parecían capas de roca: había que escucharlas con paciencia, dejar que el eco nos alcanzara.
—Ha dicho que un buen poema no corrobora lo que ya sabemos, sino que abre un espacio desconocido. ¿Qué poema —suyo o ajeno— le ha llevado más lejos de usted mismo?
—El buen arte —respondió Gander— no es el que nos dice “ya lo entiendo”, sino el que nos descoloca, el que nos sorprende. Me conmueve leer a poetas como Alfonso D’Aquino, capaz de fundir paisaje y esencia hasta que no podemos distinguirlos. O la poesía convertida en música de Jeannette Clariond, que exige que yo mismo desaparezca para escucharla. Eso es un milagro: dejar de ser uno mismo para entrar en la mente de otro.
—En su libro Dos veces vivo, ¿qué significa ese título?
Forrest bajó la voz, como si cada palabra pesara.
—Escribirlo fue muy difícil. Perdí a mi madre, a mi esposa, a mi hermana en poco tiempo. Al inicio, no pude leer ni escribir durante años. Pero después, las palabras llegaron como vómito. Comprendí que mi esposa vive todavía dentro de mí. Que sus sueños, los que nunca sucedieron, siguen en mí. Como el alga que se une con la bacteria para crear algo nuevo, indivisible: dos vidas que se vuelven una. Así vivo ahora, en comunidad con lo que ya no está.
Habló también de Lorca, de Hart Crane, de la imposibilidad del idioma que sin embargo no impide la admiración. Gander recordó a ambos poetas gays, encontrándose en un bar sin poder dirigirse la palabra. “En mi imaginación, yo estaría ahí para traducirlos”, dijo, y lo dijo con la ternura de alguien que cree en las conversaciones imposibles.
El duelo fue otro de los hilos inevitables.
—La poesía no elimina el dolor, pero le da un lenguaje. Sin palabras, nos volvemos violentos, incapaces de procesar la frustración. Neruda decía que la gente le confesaba que sus poemas les habían salvado la vida. La poesía abre un espacio para metabolizar el duelo, para recordar que incluso en la pérdida, seguimos siendo comunidad.
Lo escuchábamos en silencio, sabiendo que esas frases nos acompañarían mucho después de salir del museo.
Después la pregunta sobre su novela: As a Friend.
—El protagonista solo puede conocerse a través de otros. ¿Fue también su manera de preguntar qué queda de nosotros en la mirada de quienes sobreviven?
Forrest se conmovió.
—Sí. No hay una Verdad en mayúscula. Hay verdades en minúscula, y todas ellas importan. En ese libro exploro cómo nos mitificamos, cómo habitamos la memoria de otros. En el fondo, seguimos vivos en la mirada de quienes nos recuerdan.
La conversación avanzaba como un río, lenta y poderosa. Entonces me atreví a acercarlo a un nombre inevitable:
—¿Conoce la obra de Jaime Sabines? Ese poeta chiapaneco que escribió con crudeza y ternura las pérdidas más hondas.
Gander se iluminó.
—Sí, claro que lo conozco. Amo a Sabines, sobre todo esos poemas que escribió tras la muerte del Mayor Sabines. Su fuerza me arrastra. Habla del dolor con una voz tan precisa que es imposible no reconocerse ahí. Sabines está incluido en Pinholes in the Night porque nos da un lenguaje cuando no lo tenemos. Nos identifica, nos toma de la mano y nos arrastra con él.
Sentí un estremecimiento. El amor por Sabines, compartido, se convirtió en un puente invisible entre su vida y la mía.
La tarde de hoy terminó con un murmullo colectivo, como si todos hubiéramos comprendido algo que no podía nombrarse. Forrest Gander nos mostró que la poesía es un lenguaje contra el olvido, un puente entre la herida y la ternura. Que al leerla, al escribirla, podemos estar dos veces vivos y que no solo se lee: se encarna.
Que Sabines, Lorca y Gander desde sus tiempos e idiomas hablan del mismo misterio: cómo seguimos vivos en quienes nos recuerdan y pude gratamente constatar una vez mas que la poesía nos sigue sosteniendo a través de la ternura feroz de un lenguaje cercano que no se resigna a callar siendo además capaz de remover emociones profundas que nos regalan procesos de crecimiento al meditar en el valor inmesurable de las palabras.
Consulta la rueda de prensa dando click aquí:



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