Hay películas que no buscan complacer a todos, sino liberarse. Eso mismo dijo J.M. Cravioto en entrevista con GQ, confesando que Autos, mota y rocanrol fue para él un proceso de soltar ideas sobre lo que debía ser un director, y abrazar la sinceridad como brújula. Y quizá esa honestidad es lo que vuelve tan peculiar su forma de revisitar el mítico festival de Avándaro.
Reseña por:Alberto Castillo
Hablar de Avándaro es hablar de un mito. Casi nadie lo vivió en carne propia, pero todos lo hemos escuchado en relatos que se deforman como un teléfono descompuesto: unos lo cuentan como Woodstock mexicano, otros como un caos de drogas y excesos, y algunos más como el inicio de la represión contra el rock en el país. Cravioto, en vez de quedarse en la memoria colectiva, apuesta por mirar a los verdaderos protagonistas de esa locura improbable.
Así, seguimos a Eduardo “El Negro” López Negrete y a Justino Compeán, dos jóvenes bien —fanático de los autos uno, entusiasta del marketing el otro— que nunca imaginaron que de una plática casual surgiría un evento capaz de desbordar generaciones. Lo que empezó como una carrera automovilística televisada se convirtió, casi sin quererlo, en el festival que marcaría un antes y un después en la historia cultural mexicana.
Cravioto juega con el mockumentary y los códigos de la comedia para contar esta transformación. El recurso funciona: el público entra con facilidad a la idea de “recrear” el pasado como si lo estuviéramos viendo por primera vez. Aunque no siempre es creíble la manera en que aparecen ciertas cámaras “oportunamente colocadas”, hay momentos ingeniosos —como la aparición de asistentes de dirección estudiantes del CUEC— que desarman la solemnidad y nos recuerdan que también estamos viendo cine sobre cine.
Es cierto, la comedia tarda en encontrar ritmo y los primeros chistes se sienten repetitivos, pero hacia la mitad la historia respira mejor y las carcajadas llegan con naturalidad. Aun así, los protagonistas no alcanzan un desarrollo profundo: más que su amistad o su crecimiento personal, lo que atrapa es ver cómo se levanta y se desborda el festival mismo, con recreaciones vibrantes de Los Dug Dug’s, la multitud en éxtasis y un gobierno que se asoma con el gesto de querer apagar la fiesta.
El gran golpe llega en el tercer acto, cuando el filme integra material real de Avándaro. Ahí es donde todo cobra sentido: aunque los conciertos masivos ya no sorprendan a nadie hoy, escuchar de nuevo a Peace and Love gritando “¡Tú tienes el poder!” es como viajar a un instante de libertad colectiva que todavía resuena.
Al final, Autos, mota y rocanrol no es una reconstrucción histórica perfecta, sino una celebración del espíritu. Una película que se aleja de fórmulas fáciles para recordarnos que aquel festival no fue solo música: fue el eco de una generación que necesitaba gritar, bailar, desafiar y dejar huella. Y en tiempos donde lo contracultural parece diluirse en algoritmos y tendencias, este filme llega como un recordatorio de que la libertad también sabe sonar fuerte.





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