Orgullosamente originario de Nuevo Laredo, Tamaulipas, Héctor recuerda con emoción sus primeros pasos en la música: aquellas tardes en que el cine de oro mexicano lo acercaba a Pedro Infante y Jorge Negrete, despertando en él una sed de canto que con el tiempo se volvió destino. “Fue muy natural —me cuenta—, como si el canto hubiera sido la forma de expresarme que siempre estuvo ahí, esperando”.
Su formación, sin embargo, no se quedó en la intuición. Con disciplina férrea, estudió en la Universidad de North Texas y se formó con grandes maestros como Laurel Miller y Richard Croft. “Uno está hecho de sus maestros —reflexiona—. Aunque ya no estén físicamente, cada consejo, cada técnica, vive en uno. A veces en pleno escenario, con la presión del público, escucho sus voces recordándome qué hacer, y eso me sostiene”.
Esa mezcla de raíz y preparación lo ha llevado a conquistar escenarios tan simbólicos como el Festival Internacional de Santa Lucía, el Castillo de Chapultepec, la Arena Monterrey y, recientemente, el Palacio de Bellas Artes, donde compartió escenario con la gran soprano Cristina Ortega. “Fue un sueño cumplido —dice con brillo en los ojos—. Preparé un programa con Strauss, Bellini, Donizetti, zarzuela… quería mostrar todo lo que he aprendido y lo que soy capaz de dar. El público respondió con tanto cariño que aún lo tengo muy presente”.
Más allá de los logros, Héctor sostiene una visión clara: el talento necesita disciplina y estudio constantes. “Es fácil creer que ya lo sabes todo porque tienes un título o porque estuviste en televisión. Pero no: en el canto eres tan bueno como tu último concierto. Cada escenario es un nuevo examen”.
Su paso por el reality Ópera Prima, las voces del bicentenario en 2010 también marcó su carrera. “Fue impresionante enfrentarme a cámaras, jurado, televidentes… mucha presión. Pero aprendí mucho. De 700 cantantes seleccionaron 22 y entre ellos estuve yo, representando a Nuevo Laredo. Siempre lo presumo, porque quiero que de mi ciudad se hablen cosas buenas. Hay mucho talento en la frontera, y yo soy apenas un ejemplo de ello”.
Durante nuestra conversación, surge inevitablemente el tema de Rafael, ícono español al que Héctor admira profundamente. “Él viene de esa raíz barroca, de la expresión al máximo. Creo que por eso sigue vigente: porque cantar no es para él una necesidad de fama, sino de vida. Eso lo entiendo muy bien: cantar es como respirar. Es vital”.
Con esa misma intensidad se prepara antes de cada concierto: hablar poco, hidratarse mucho, entrar en silencio en su propio ritual. “La voz es cuerpo y espíritu. Si no te cuidas, el escenario lo delata”.
Pero no todo en Héctor es técnica. También hay poesía. Confiesa que le gusta cantar piezas como Se equivocó la paloma de Rafael Alberti porque ahí descubre cómo la música se convierte en compañía y en espejo del alma. “La canción, más que entretener, acompaña. Es poesía que se queda contigo”, resume.
La charla se vuelve reflexión cuando le pregunto qué le diría a su yo niño, aquel que en Tamaulipas apenas soñaba con cantar. “Le repetiría lo que me digo hoy: talento, carácter, disciplina y constancia. Eso lo tengo escrito en mi pizarrón. No hay atajos: si amas esto, tienes que entregarte completo”.
Y también hay aprendizajes que ha debido desaprender. “El qué dirán. Al inicio buscas aprobación externa, pero con el tiempo entiendes que el verdadero juez eres tú mismo. Sabes cuándo tu voz está en su mejor forma y cuándo no. El espejo interno nunca miente”.
Héctor no solo ha sabido recorrer los géneros con maestría —del bolero aprendido de los legendarios Hermanos Puente (Los tres reyes), al bel canto europeo y la ranchera mexicana—, sino que además ha entendido la importancia de no sonar “como un tenor cantando boleros”, sino como Héctor Gamaliel interpretando boleros. Su sello es justamente ese: autenticidad.
Ahora, Monterrey se prepara para recibirlo en dos noches que prometen ser memorables. El 12 de septiembre en el Foliatti Casino de Guadalupe y el 15 se septiembre en Foliatti Sendero, en pleno grito de Independencia, Héctor presentará un espectáculo dividido en dos partes: la primera con ensamble de músicos y ópera pop, y la segunda con mariachi. Lo acompañará la talentosa Carmen Sarahí, voz de Elsa en Frozen para Latinoamérica y paisana suya de Nuevo Laredo.
“El mariachi nunca desaparecerá —afirma con certeza—. Es patrimonio cultural. Solo necesitamos abrir el panorama para que nuevas voces y nuevas propuestas puedan entrar. No podemos reducirlo a ciertos apellidos de siempre. Hay mucho talento esperando”.
Con esa convicción y con una voz que ha sabido abrazar tanto la raíz como la modernidad, Héctor Gamaliel invita a Monterrey y a toda la frontera a vivir el canto como él lo entiende: no como espectáculo pasajero, sino como compañía, como poesía que vibra en cada respiración.
Este septiembre, en la tierra del norte, su voz será grito, será abrazo y será memoria viva de que cantar, cuando se hace con honestidad, puede ser la forma más humana de existir.
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