Existen noches en las que el tiempo deja de correr y el reloj transcurre lentamente. Hay conciertos que se viven en presente y se olvidan al día siguiente. Lo de Alejandro Sanz en la Arena Monterrey fue una noche en la que la música no fue simple espectáculo, sino un refugio donde volvimos a abrazar al pasado y a reconocernos en él. De esas pocas veces que cada melodía tiene la habilidad de meterse en la piel donde te encuentras con esos recuerdos y reflejos de los primeros amores, de esas cicatrices que aún arden y palabras que aprendimos a usar gracias a este increíble cantautor.
Desde la entrada se respiraba un aire distinto. Fans con camisetas de todas las épocas, desde los noventa hasta la actualidad, caminaban emocionados por los pasillos. La merch oficial, las filas para bebidas, las charlas nerviosas: todo formaba parte de un ritual previo, como si cada quien estuviera preparando su corazón para lo que venía y al llegar al interior del venue sobre el escenario dos pianos majestuosos en tono pistache que nos hizo entender que la magia estaba a punto de iniciar.
Y entonces, diez minutos antes de las nueve, los relojes en pantalla nos recordaron que el tiempo era protagonista. Alejandro apareció sencillo: camiseta clara, cárdigan oscuro y guitarra al hombro (su única armadura). Saludó a Monterrey con emoción y prometió darnos todo para que saliéramos diciendo “estuvo increíble”. Bastaron las primeras notas de “Desde cuándo” para cumplirlo.
El viaje sonoro fue un mapa de memorias. “Capitán Tapón”, “La música no se toca” y “Por bandera” abrieron camino, ondeando la bandera mexicana y con mensajes de paz. “Bésame” se adornó con piano y saxofón, preludio perfecto para “Mi soledad y yo”, esa joya que duele con la misma ternura desde hace 30 años. desde el momento en que la escuché por primera vez, algo cambió para siempre. Tocó fibras que hasta entonces no sabía que estaban allí, escondidas en lo más profundo.Sanz marcó la diferencia con clásicos que se incrustaron en nuestra juventud. Escuchar “El alma al aire”, “Si tú me miras” o “Amiga mía” ya no fue igual que la primera vez. Hoy, con el paso de los años, cada palabra se volvió más honda, cada silencio más revelador. Aquellas letras que alguna vez nos parecieron románticas ahora se sienten flamencas y universales, capaces de contener la oscuridad y la luz de la vida misma.
Ahí mismo entendí que Sanz no solo canta: acompaña. Sus canciones son un abrazo que nos permite soltar lo que fuimos y, al mismo tiempo, agradecerlo. En “Amiga mía”, sentado en un escalón y rodeado de imágenes de mujeres en pantalla, se mostró vulnerable, como si nos dijera que la fragilidad también es fuerza. El público respondió con lágrimas, celulares encendidos y pancartas que él leía con ternura.
La noche se llenó de colores y ritmos: confeti cayendo en “Quisiera ser”, salsa y flamenco en “Regálame la silla”, percusiones intensas en “El alma al aire”. Hubo rock, hubo cadencia, hubo improvisación. Sus músicos, un verdadero mosaico internacional de talento, llevaron cada canción a otra dimensión.
Y cuando parecía que el viaje terminaba, nos regaló ese tramo final que es pura poesía: “Y si fuera ella?”, “Lo ves” y el inevitable “Corazón partío”. Visuales de mares, ciudades y raíces suspendidas en el aire acompañaron un cierre que fue más una despedida temporal que un adiós.
Salir de la Arena Monterrey esta noche fue como despertar después de un sueño donde todo lo vivido vuelve a tener sentido. Porque Alejandro Sanz no solo nos dio un concierto: nos devolvió a la adolescencia, a los primeros amores, a la soledad compartida. Nos recordó que la música puede ser refugio, complicidad y también compañía. Que en sus canciones encontramos ese abrazo al pasado que libera y nos permite seguir siendo quienes somos hoy convirtiéndose en esa voz que acompaña, en el poeta que tradujo en melodía lo que a veces no podemos decir con palabras.






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