En Escobedo, bajo un cielo iluminado de luces tricolores, apareció ella: Eugenia León, vestida de azul brillante, con la fuerza de siempre y la sabiduría de los años. Cantó casi dos horas, pero bastó un instante para recordarnos que su voz es memoria, raíz, historia, pueblo, tierra y futuro.
Imagen obtenida del Gobierno de Escobedo
Y de repente, en esa dulce voz, la intérprete ganadora del OTI y poseedora de un Grammy a la Excelencia, compartió: “Me da un enorme gusto estar en este escenario, pero sobre todo estar con ustedes, cantando con la ilusión de llegar a sus corazones. Espero lograrlo esta noche, por eso yo vengo a ofrecer mi corazón”. Y claro que lo logró: bastaron las primeras notas de Yo vengo a ofrecer mi corazón de Fito Páez para sentir un nudo colectivo en la garganta y el tiempo pareció detenerse.
Eugenia no solo canta; ella entrega. Entrega cultura, temple y conocimiento, pero sobre todo, un cariño profundo por México. Y ahí entendí por qué muchos la llaman “La Faraona”: porque canta con esa majestad de quien no solo interpreta, sino que reina en el escenario, además de que emocionada nos deleitó con temas de su propiedad. ¡Bravo!
De alguna forma, las canciones de Eugenia son parte de mi propia historia. Desde niña, su voz me cautivó con "El fandango Aquí" de Marcial Alejandro mientras la veía desde una tele, sus discos que han sido refugio en momentos agradables y otros tanto oscuros, con su manera de atreverse a todo género y hacerlo suyo.
Hoy, al escucharla lal lado de mi hija, que desde pequeña, con su lenguaje limitado de infante, empezó a cantar "La Pared" con la versión de Eugenia del disco Acércate más, convirtiéndola en una admiradora con la misma intensidad que yo.
Cuando cerró con El Ratón Vaquero, sentí que mi infancia volvía a mí en forma de regalo. Fue inevitable el viajar al pasado pero esta vez con el toque especial de Eugenia quien tambien hizo un disco con canciones de Cri Cri.
El público agradecido la ovacionó y al bajar del escenario, elegante y con ese temple de gran dama, saludó al público con calidez. Entre los aplausos, logré acercarme, y aunque mi celular estaba a punto de apagarse, nos regaló una foto. Mi hija sonrió junto a ella, y pude decirle esas palabras que llevaba guardadas: que sus canciones fueron las primeras que mi hija entonó. El rostro de Eugenia resplandeció con esa humanidad que la distingue.
Eugenia León es así: una artista que entiende y conoce a México, que cruza generaciones y géneros, que canta corridos, tangos, valses, Cri Cri o baladas con la misma pasión. Una mujer de firmes convicciones que se reinventa y sigue entregando el alma en cada interpretación.
En cada nota, Eugenia parece bordar la voz de un país entero. Como cuando toma versos de Sabines o de López Velarde y los convierte en canto, así transforma la noche en un altar de memorias y esperanzas. Su voz no solo se escucha, se queda latiendo dentro de nosotros, como si fuera ese poema que no termina y que siempre encuentra nuevos lectores.
Eugenia León es, al final, esa mujer que canta la vida como poesía: clara, profunda, luminosa. Una Faraona que nos recuerda que México también se escribe con música.
En Escobedo, su voz volvió a ser patria, fiesta y esperanza. Y para mí, una vez más, fue ese abrazo sonoro que me ha acompañado toda la vida. Porque Eugenia Corazón de León es, y siempre será, corazón de México.





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